¿Por qué debería sacrificarme por un niño que en realidad no era mío?
Mi marido no protestó. Ese silencio, paradójicamente, me enfureció aún más.
Sin decir una palabra más, hice la maleta y me fui a casa de mi hermana.
Esperaba que mi teléfono sonara en los días siguientes. Tal vez mi marido me suplicaría. Tal vez los médicos volverían a llamar para presionarme. Tal vez alguien me diría que no tenía corazón.
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Pero no pasó nada.
Ninguna llamada.
Ningún mensaje.
Un silencio total.
Pensé que eso significaba que habían encontrado otra solución. Tal vez habían hallado otro donante. Tal vez los médicos estaban probando nuevos tratamientos. Tal vez mi marido estaba demasiado ocupado en el hospital como para preocuparse por mí.
Pasaron dos semanas antes de que la culpa finalmente me empujara a volver a casa.
Me dije que solo iba a ver cómo estaban.
Solo quería saber cómo evolucionaban las cosas.
Pero en cuanto crucé el umbral de la casa, tuve un mal presentimiento.
Las paredes del salón estaban cubiertas de dibujos.
Decenas de ellos.
Quizás cientos.
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