PARTE 1
“Señor… su esposa acaba de recibirlo en el avión, y usted viene tomado del brazo de otra mujer.”
Ricardo Salazar sintió que el estómago se le hundía.
Se quedó inmóvil en la entrada del vuelo 742, de Ciudad de México a Barcelona, con el boleto de primera clase en la mano y Valeria Cárdenas aferrada a su brazo como si aquel viaje fuera la prueba definitiva de que ella había ganado.
Valeria llevaba un vestido beige, lentes de diseñador sobre la cabeza y esa sonrisa tranquila de las mujeres que creen que nadie puede quitarles su lugar.
Pero frente a ellos, con el uniforme impecable, el cabello recogido y una sonrisa tan serena que daba miedo, estaba Elena.
Su esposa.
La misma mujer a la que Ricardo le había escrito esa mañana:
“Amor, ya llegué a Guadalajara. La junta se alargó. Te marco en la noche.”
Elena lo miró apenas un segundo.
No gritó.
No lloró.
No hizo una escena como él seguramente temía.
Solo enderezó los hombros y dijo con una voz perfecta:
“Bienvenidos a bordo. Que tengan un excelente vuelo.”
Ricardo abrió la boca, pero no le salió nada.
Durante nueve años todos habían creído que era el esposo ideal. En las comidas familiares en Coyoacán llegaba con flores para su suegra, ayudaba a partir el pastel y llamaba “mamá” a doña Mercedes con una ternura ensayada. En Facebook subía fotos con Elena en Xochimilco, Valle de Bravo y cenas de aniversario con frases como:
“Mi compañera de vida.”
Pero desde hacía ocho meses, su verdadera vida estaba escondida entre reservaciones de hotel, mensajes borrados y viajes de trabajo que nunca existieron.
A Valeria la había conocido en un evento empresarial en Polanco. Era joven, ambiciosa y lo miraba como si él fuera más importante de lo que realmente era. Primero fue un café. Luego cenas. Luego fines de semana que él llamaba “reuniones con socios”.
Y ahora, Barcelona en primera clase.
Pagado con la tarjeta corporativa de Salazar Consultores.
“Elena nunca se entera de nada”, le había dicho a Valeria dos
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