Era una tarde cualquiera, de esas que pasan desapercibidas: uno de esos días intermedios llenos de recados, con la cabeza llena de pensamientos y una lista de tareas interminable. Pasé por el supermercado, cansada y distraída, simplemente intentando cumplir con lo mínimo. Nada en el día me parecía especial.
En la caja de autopago, escaneé mis artículos, pasé la tarjeta y me dispuse a salir. Estaba a medio camino de la puerta cuando una voz amable me detuvo.
«Disculpe, ¿cuál es su recibo?».
Me sonrió amablemente mientras me entregaba el pequeño papelito. Le di las gracias, lo guardé en mi bolsa sin pensarlo y seguí con mi día. No sabía entonces que aquel pequeño gesto encierra algo mucho más significativo.
La nota
Horas después, mientras desempaquetaba la compra en la cocina, saqué el recibo de la bolsa para tirarlo. Fue entonces cuando noté algo garabateado en la parte de atrás: una letra rápida e irregular que me hizo detenerme:
“Revisa el asiento trasero”.
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