La notificación apareció en mi pantalla temprano esa mañana: roja brillante, insistente, imposible de ignorar.
Ni siquiera había terminado mi café. Prometía prosperidad, un momento favorable y puertas a punto de abrirse. Pero en lugar de entusiasmo, sentí una silenciosa vacilación. Ya había visto mensajes así antes: seguros, absolutos, diseñados para atraer la atención hacia afuera. Este, sin embargo, hizo algo diferente. Me hizo detenerme.
La palabra “atención” se quedó grabada en mi mente, no como una orden, sino como una pregunta. ¿A qué le prestaba atención realmente en mi propia vida?
ver continúa en la página siguiente