Esperaba que mi teléfono sonara en los días siguientes. Tal vez mi marido me suplicaría. Tal vez los médicos volverían a llamar para presionarme. Tal vez alguien me dijo que no tenía corazón.
Pero no pasó nada.
Ninguna llamada.
Ningún mensaje.
Un silencio total.
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Y allí estaba.
Mi hijastro.
Tan pálido.
Mucho más delgado que antes.
Al lado de la cama había un recipiente de plástico lleno de pequeñas estrellas de papel dobladas.