La última vez que vi a mi hijo Daniel, de dieciséis años, estaba de pie en el pasillo atándose las zapatillas y con la mochila colgada casualmente de un hombro.
“¿Terminaste la tarea de historia?” pregunté.
—Sí, mamá. —Agarró su chaqueta, se inclinó y me besó en la mejilla—. Nos vemos esta noche.
Entonces la puerta se cerró tras él y se alejó. Lo observé desde la ventana mientras se alejaba por la calle.
Esa noche, Daniel nunca regresó a casa.
Al principio no entré en pánico.
Daniel a veces se quedaba después de clase a tocar la guitarra con sus amigos o paseaba por el parque hasta que anochecía. Normalmente me escribía, pero quizá se le había acabado la batería.
Me decía a mí misma que mientras cocinaba la cena, mientras comía sola, mientras limpiaba la cocina y dejaba su porción caliente en el horno.
Pero cuando cayó la noche y su dormitorio quedó vacío, la sensación de inquietud en mi pecho se hizo imposible de ignorar.
Llamé a su teléfono. Saltó directo al buzón de voz.
A las diez en punto ya estaba conduciendo por el vecindario buscándolo.
A medianoche, estaba sentado en una estación de policía presentando una denuncia por desaparición.
El agente hizo preguntas, lo anotó todo y finalmente dijo: «A veces los adolescentes se van un par de días. Discusiones con sus padres, ese tipo de cosas».
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