Cuatro horas luché por la vida de un niño de 5 años, llegué tarde a mi propia boda y 20 personas de la familia del novio me cerraron el paso: «¡Lárgate, mi hijo ya se casó con otra!», pero cuando ellos supieron de quién era el niño al que yo salvé…

“¿Puedo?”, respondió simplemente, apartando todos esos pensamientos como quien cierra una puerta con llave. “Hoy es tu día”, alcanzó a decir Martín, vacilando con esa expresión incómoda de quien sabe que está pidiendo demasiado. “Llego a tiempo”, lo cortó Lucía, ya encaminándose hacia el quirófano. “A las 11 es la ceremonia, son las 5, tengo margen.”

En el pasillo del área quirúrgica, bajo la luz blanca de los fluorescentes que zumbaban con ese sonido característico de hospital nocturno, un hombre corpulento vestido con ropa cara caminaba de un lado a otro como si el suelo se le hubiera abierto bajo los pies. Tenía el pelo revuelto, manchas de sangre en la camisa que probablemente ni había notado y los ojos enrojecidos de quien ha llorado sin darse cuenta. Murmuraba algo entre dientes, quizá una oración, quizá solo palabras sin sentido que repetía para no volverse loco de angustia.

Lucía apenas lo miró. En ese momento no era más que otro familiar desesperado, uno de tantos que había visto en su carrera, y su atención estaba completamente volcada en la camilla que las enfermeras empujaban hacia ella. Sobre ella, el niño estaba tan pálido por la hemorragia que parecía hecho de cera. Tenía el cabello castaño pegado a la frente por el sudor frío, los labios casi azulados y una mascarilla de oxígeno que empañaba rítmicamente con cada respiración débil.

Lucía iba leyendo al vuelo los valores que le tendían las enfermeras y el estómago se le encogió. Hemoglobina en caída libre, presión arterial por los suelos, frecuencia cardíaca disparada intentando compensar lo que el cuerpo ya no podía sostener. Diez minutos más de retraso y ya no habría nada que salvar. Entraron al quirófano casi al trote y Lucía sintió como el mundo exterior se desvanecía en cuanto las puertas batientes se cerraron tras ella. No existían las bodas, ni los vestidos blancos, ni las suegras difíciles, ni los salones de banquetes decorados con flores. Solo existía aquel cuerpo pequeño sobre la mesa de operaciones, aquellos órganos diminutos que debía reparar, aquella vida que pendía de un hilo tan fino que cualquier error podía cortarlo.

La operación duró 4 horas. 4 horas en las que no existió nada más que el campo quirúrgico, los vasos diminutos de aquel cuerpo pequeño y el pitido monótono de los monitores que marcaba cada latido como una pequeña victoria. La espalda le ardía hasta el punto de querer doblarse en dos, el cuello le sudaba bajo la cofia y hacia la segunda hora empezó a notar ese hormigueo en los dedos que indicaba que llevaba demasiado tiempo en la misma posición. Pero no podía parar, no podía aflojar, no podía permitirse ni un segundo de distracción.

Hacia la tercera hora, los dedos empezaron a temblarle de tensión y tuvo que hacer una pausa microscópica para respirar hondo y obligar a sus manos a obedecer. Se acordó de su padre, de cómo le decía cuando era niña: “Lucía, las manos de un cirujano son su alma. Cuídalas como si fueran de oro.” Pensó en él, muerto hace 10 años junto a un torno de fábrica sin que nadie pudiera salvarlo, y eso le dio fuerzas para seguir. Se obligó a pensar solo en esos vasos rotos que debía suturar milímetro a milímetro, con la precisión que había pulido durante años de residencia, de guardias interminables, de noches sin dormir estudiando anatomía pediátrica.

Hubo un momento hacia la mitad de la operación en que la presión del niño cayó tan bruscamente que el anestesista levantó la vista con alarma y Lucía sintió que el corazón se le paraba. “No te vayas”, pensó dirigiéndose mentalmente a aquel niño al que ni siquiera conocía. “No te vayas ahora, aguanta un poco más.” Trabajó más rápido, con movimientos precisos, pero urgentes, localizando el vaso que sangraba y pinzándolo antes de que la situación se volviera irreversible. Cuando el monitor volvió a mostrar cifras estables, Lucía soltó el aire que no sabía que había estado conteniendo. La enfermera instrumentista la miró por encima de la mascarilla con una expresión que decía “bien hecho”, sin necesidad de palabras.

Cuando el anestesista dijo por fin: “La tensión se ha estabilizado, el pulso es regular, creo que lo hemos conseguido”, Lucía soltó el aire tan hondo que sintió que no había respirado en todo ese tiempo. Le temblaban las rodillas bajo la bata quirúrgica y tuvo que apoyarse discretamente en el borde de la mesa para no tambalearse. En el pasillo, mientras se quitaba la mascarilla y los guantes con movimientos mecánicos de puro agotamiento, Martín Álvarez le dio una palmada en el hombro. “Muy bien, Villanueva. Le has arrancado a ese niño de las manos a la muerte. Ahora corre a tu boda que ya llevas retraso.”

 

 

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