Leo, el hijo de siete años de Elena, estaba jugando en la estructura de escalada del parque infantil del barrio.
Era algo que realmente amaba—una de sus formas favoritas de pasar el día. Y el día en sí fue precioso. El sol brillaba, el parque estaba lleno de niños y Leo se lo estaba pasando en grande. Entonces, sin previo aviso, la tragedia golpeó y el mundo de Elena se desmoronó en un millón de pedazos.
No hubo ningún grito, ni caos repentino—solo un golpe sordo y un niño que nunca volvería a abrir los ojos.
De alguna manera, Leo se cayó y fue llevado de urgencia al hospital.
Los médicos hicieron todo lo posible por salvar su joven vida. Leo estaba puesto en soporte vital, mientras su aterrorizada madre rezaba desesperadamente por un milagro. Los médicos hablaban con compasión suave, pero sus voces se sentían distantes, borrosas, como si Elena estuviera observando todo desde el agua bajo el agua.
