Llegué al funeral de mi suegro con mi amante embarazada, seguro de que mi esposa estaba destruida. Entonces el abogado anunció: “Toda la fortuna Santillán pertenece a Mariana.” Mi amante soltó mi brazo… y mi esposa sonrió como si todo hubiera sido una trampa.
—No me hables así.
Sofía se tocó el vientre.
—Tienes que arreglarlo. Mi hijo no va a nacer en medio de un escándalo.
Rafael casi se rio. Su hijo. Su escándalo. Su dinero. Todo el mundo parecía pedirle algo, pero nadie entendía que él también estaba perdiendo.
A los 4 días, Mariana aceptó verlo.
Eligió un restaurante discreto en Polanco, de esos donde los meseros no preguntan y los clientes fingen no escuchar. Rafael llegó temprano. Se había puesto su mejor reloj, aunque sabía que una de sus cuentas ya estaba congelada.
Mariana entró sola.
Sin guardaespaldas visibles.
Sin lágrimas.
Sin prisa.
Se sentó frente a él y dejó su bolsa sobre la silla de al lado.
—Tienes 10 minutos —dijo.
Rafael apretó la mandíbula.
—Quiero negociar el divorcio.
—Ya está en proceso.
—No seas absurda. Podemos evitar una guerra.
Mariana inclinó la cabeza.
—La guerra empezó cuando llevaste a tu amante embarazada al funeral de mi papá.
—No la llames así.
—¿Cómo prefieres que la llame? ¿Proyecto familiar alterno?
Rafael golpeó la mesa con la palma. Varias personas voltearon.
Mariana ni siquiera parpadeó.
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