Mi esposo me echó a la calle con solo una toalla, bajo la lluvia y frente a todos.
A las diez de la mañana, su asistente lo llamó.
—Señor Álvaro… hay una reunión urgente que no estaba en agenda.
—¿Quién la pidió?
—El señor Diego Serrano.
El nombre lo hizo fruncir el ceño.
—¿Qué quiere ese tipo?
—Dijo que es inaplazable… y que usted va a querer escuchar.
Álvaro dudó un segundo.
Luego bufó.
—Bien. En una hora.
Cuando llegó a la empresa, algo se sentía… distinto.
El ambiente.
Las miradas.
El silencio.
Los empleados no lo saludaban como siempre.
Algunos evitaban cruzarse con él.
Otros lo observaban con una mezcla de tensión y expectativa.
—¿Qué demonios…? —murmuró.
Entró a la sala de juntas.
Y ahí estaba Diego.
Sentado en la cabecera.
Con calma.
Con control.
Como si ese lugar… le perteneciera.
Álvaro soltó una risa breve.
—¿Desde cuándo te sientas ahí?
Diego no respondió.
Solo lo miró.
—Siéntate.
El tono no era una sugerencia.
Álvaro sintió algo incómodo en el estómago.
Pero se sentó.
—¿Qué es esto? —preguntó.
Diego abrió una carpeta.
La deslizó hacia él.
—Tu realidad.
Álvaro rodó los ojos.
—No tengo tiempo para juegos.
—Vas a tener que hacerlo.
Álvaro abrió la carpeta.
Y su expresión cambió.
Primero confusión.
Luego incredulidad.
Luego… miedo.
—¿Qué es esto?
—Los documentos de la empresa.
—¿Y?
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