Mis padres estaban de pie en medio de la granja de mi abuelo, me dijeron que ya habían vendido el terreno a un promotor inmobiliario, me empujaron unos papeles de “consentimiento” contra el pecho y se burlaron diciendo que yo no era dueña de nada. Pero cuando pregunté por el número del expediente de sucesión, mi padre estalló, mi madre sonrió con arrogancia, y yo conduje directamente a la oficina del secretario del condado en lugar de firmar nada…
“Esto no es un documento serio”, dije.
Mi mamá se acercó lo suficiente para que solo yo la oyera.
“Tu abuelo te llenó la cabeza de fantasías, Valeria. Pero la sangre pesa más que los berrinches.”
Entonces recordé una tarde, años atrás, cuando mi abuelo me dio un sobre manila en el corredor de la casa. “Cuando la tierra se vuelve dinero, la familia se vuelve desconocida”, me dijo. Yo pensé que exageraba.
Ese día entendí que no.
“Denme el número del expediente sucesorio”, dije.
Mi papá se puso rojo.
“No te debo explicaciones.”
“Entonces no firmo.”
Mi mamá sonrió más.
“Haz lo que quieras. Mañana entran los topógrafos.”
Miré hacia la casa vieja, los nogales, el corral donde mi abuelo me enseñó a ensillar un caballo. Luego devolví los papeles.
“Si todo es legal, debe estar en el Registro Público.”
Mi papá se rió.
“Ve a hacer tu show. Cuando vuelvas, vas a pedir perdón.”
No contesté. Me subí a mi camioneta y manejé directo al Registro Público de la Propiedad en el centro de Guadalajara, con el corazón golpeándome las costillas.
En ventanilla me atendió una mujer llamada Marisol. Le di el nombre de mi abuelo, Ernesto Ramírez Aguilar, y el folio del rancho. Tecleó durante varios minutos.
De pronto dejó de escribir.
“Hay una anotación reciente”, dijo.
“¿Venta?”
“Intento de transmisión. Pero hay algo raro.”
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