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Una hora antes de la boda, yo, María Elena , estaba sola en el pasillo lateral del hotel, intentando calmar mis nervios. El vestido blanco me apretaba el pecho y el murmullo lejano de los invitados resonaba como un zumbido constante. Fue entonces cuando oí voces tras la puerta de la pequeña habitación donde guardaban los regalos. Reconocí al instante la voz de Javier , mi prometido, y la de su madre, Carmen . No quería escuchar, pero me quedé paralizada.
—No me importa ella —dijo Javier en un susurro áspero—. Lo único que quiero es su dinero. Después de la boda, todo será más fácil.
Sentí que me faltaba el aire. Carmen respondió con una risa corta y satisfecha:
“Te lo dije, hijo. Aguanta un poco más. Su herencia, la empresa de su padre… todo se quedará en la familia adecuada.”
Me tapé la boca para no llorar a gritos. Llevábamos cuatro años juntos. Había perdido a mi padre dos años antes y heredé un pequeño negocio familiar. Siempre pensé que Javier me quería por quien era, no por lo que tenía. En ese instante, todos mis recuerdos se volvieron sospechosos: su prisa por casarse, su repentino interés en mis cuentas, sus preguntas “inocentes” sobre documentos legales.
Me sequé las lágrimas, respiré hondo y tomé una decisión. No iba a huir ni a armar un escándalo entre bastidores. Iba a caminar hacia el altar como estaba previsto. Quería que todos supieran la verdad.
Cuando empezó la música, di un paso al frente con paso seguro. Vi sonreír a Javier, seguro de que todo estaba bajo control. El juez comenzó su discurso habitual. Llegó el momento crucial.
“¿Aceptas a Javier como tu esposo legalmente casado?”, preguntó.
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