Volví a acostarme con mi exesposa durante un viaje de negocios, y a la madrugada, una mancha roja en la sábana me dejó sin aliento. Un mes después, una llamada de un hospital en Cancún me hizo comprender que aquella noche no había sido un error… sino el comienzo de algo mucho más oscuro.

Llegué demasiado tarde para darme cuenta de que estaba sufriendo.

Llegué demasiado tarde para ver que se iba.

Es demasiado tarde para darse cuenta de que aún se puede amar a alguien incluso después de un divorcio.

Pero esta vez no llegué tarde.

Esta vez, yo estuve allí.

Y durante las siguientes tres semanas, no me separé de su lado.

Dormí en un sillón.

Le tomé la mano.

Le conté historias estúpidas.

Le conté sobre el perro que nunca adoptamos.

Del viaje a Puebla.

De todo lo que habíamos perdido.

Y una mañana, justo antes del amanecer, mientras el cielo se teñía de azul tras las ventanas del hospital, Elena posó su mano sobre mi mejilla.

— Gracias… por volver.

Luego se fue.

Y desde aquel día, cada vez que pienso en esa mancha roja en la sábana, ya no pienso en la conmoción.

Estoy pensando en el hecho de que ella ya sabía que iba a desaparecer.

Y que, en medio de ese miedo, en medio de ese final que se avecinaba, ella había querido pasar una última noche recordando lo que se sentía al ser amada.

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