Usé el baño de madrugada. Mi yerno despertó y gritó: “¡Vieja inútil, ¿no sabes bañarle al inodoro?! ¡Apesta toda la casa!” Me sentí una basura. Limpié el baño en la mañana. Al irse ellos al trabajo, llamé al camión… de mudanza para llevar todo…

El fuego apareció primero como una luz naranja detrás de las cortinas.

Después, en cuestión de segundos, se volvió una bestia.

Las llamas subieron por la sala, lamieron las paredes y reventaron los vidrios del segundo piso. Yo no podía moverme. Mi cuerpo estaba ahí, dentro del coche, pero mi mente estaba en la cama donde Mateo y yo debimos haber estado dormidos.

La camioneta negra arrancó a toda velocidad.

Mateo se abrazó a mi cintura.

—Mamá… ¿papá sabía?

No pude contestarle.

Porque en el fondo ya sabía la respuesta.

Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos. Vecinos salieron en bata, en pants, con el celular en la mano. Alguien gritó mi nombre, pero me agaché para que nadie nos viera.

Si la policía me encontraba ahí, iban a llamar a Alejandro.

Y Alejandro iba a llorar, iba a actuar como esposo desesperado, iba a decir que yo estaba nerviosa, confundida, traumada. Todos le creerían. Siempre le creían.

Era el hombre exitoso del fraccionamiento. El que donaba dinero en la escuela, el que saludaba a todos, el que publicaba fotos familiares con frases bonitas.

Yo era solo la esposa que sonreía.

Entonces recordé a mi papá.

Antes de morir, dos años atrás, me había tomado la mano en el hospital y me dijo:

—Valeria, no confío en Alejandro. Si un día necesitas ayuda de verdad, busca a Carmen Salgado.

Yo me enojé con él. Le dije que Alejandro era un buen esposo, un buen padre.

Pero aun así guardé el número de esa abogada en una nota escondida del celular.

Con las manos temblando, la llamé.

—Licenciada Salgado —contestó una voz firme.

—Soy Valeria Ríos… hija de Ernesto Ríos. Creo que mi esposo acaba de intentar matarnos a mí y a mi hijo.

Hubo un silencio largo.

—¿Dónde estás?

—Cerca de mi casa. Está ardiendo.

—Súbete al coche y vete ya. No hables con bomberos, vecinos ni policías. Ven a mi oficina. Ahora.

Media hora después llegué a una calle vieja de la colonia Roma. Carmen abrió antes de que tocara el timbre. Era una mujer de cabello canoso, mirada dura y manos firmes.

Metió a Mateo a una pequeña sala con cobijas y luego cerró tres seguros en la puerta.

—Cuéntame todo —ordenó.

 

 

 

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