Usé el baño de madrugada. Mi yerno despertó y gritó: “¡Vieja inútil, ¿no sabes bañarle al inodoro?! ¡Apesta toda la casa!” Me sentí una basura. Limpié el baño en la mañana. Al irse ellos al trabajo, llamé al camión… de mudanza para llevar todo…

Le conté lo del aeropuerto, la llamada, la camioneta, la llave, la gasolina, el mensaje de Alejandro.

Ella escuchó sin interrumpirme.

Luego abrió un archivero metálico y sacó una carpeta gruesa.

—Tu papá investigó a Alejandro antes de morir —dijo—. Quería protegerte, aunque tú no quisieras verlo.

Me enseñó estados de cuenta, préstamos, pagarés, fotos.

Alejandro debía millones.

Apostaba en casinos clandestinos. Le debía dinero a gente peligrosa. Había vaciado la herencia que mi mamá me dejó. Y lo peor: meses antes había aumentado mi seguro de vida a una cantidad absurda.

Tres millones de dólares.

El único beneficiario era él.

Sentí rabia, asco, dolor. Todo junto.

—Si cree que morimos, va a cobrar —dije.

Carmen negó con la cabeza.

—Primero necesita que aparezcan cuerpos. Cuando sepa que están vivos, va a intentar terminar el trabajo.

Al amanecer, vimos las noticias.

Ahí estaba Alejandro, frente a las ruinas de nuestra casa, llorando para las cámaras.

—Mi esposa y mi hijo estaban adentro —decía con la voz rota.

Luego miró a un bombero y preguntó:

—¿Ya encontraron los cuerpos?

A Mateo se le cayó el vaso de agua.

Carmen apagó la televisión.

—Necesitamos pruebas antes de que limpie todo —dijo.

—¿Qué pruebas?

—¿Alejandro tenía caja fuerte?

Asentí.

—En su oficina. Detrás del librero.

—Entonces vamos a entrar esta noche.

—¿A la casa quemada?

Mateo se levantó del sillón.

—Yo sé dónde guarda las otras cosas —dijo—. Papá cree que no veo, pero yo veo todo.

Yo quise negarme, pero Carmen me miró con gravedad.

—Valeria, tu hijo ya te salvó una vez. Tal vez también sepa cómo salvarte otra.

Esa noche regresamos.

Entramos por la parte trasera. La casa olía a humo, plástico derretido y recuerdos muertos. La oficina de Alejandro estaba medio destruida, pero el librero se había quemado y la caja fuerte quedó expuesta.

Tecleé su fecha de cumpleaños.

La luz verde se encendió.

 

Dentro había fajos de billetes, un celular viejo y una libreta negra.

Mateo levantó una tabla floja del piso y sacó un sobre.

—Aquí también escondía cosas.

Entonces escuchamos pasos abajo.

Una voz de hombre dijo:

—El jefe dijo que revisáramos que no quedara nada.

Otra respondió:

—La caja está abierta.

Y después:

 

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