Usé el baño de madrugada. Mi yerno despertó y gritó: “¡Vieja inútil, ¿no sabes bañarle al inodoro?! ¡Apesta toda la casa!” Me sentí una basura. Limpié el baño en la mañana. Al irse ellos al trabajo, llamé al camión… de mudanza para llevar todo…

La puerta se cerró con el click metálico de la cerradura. El silencio volvió a llenar el departamento, pero esta vez no se sentía solitario, se sentía lleno de posibilidades.

Me acerqué a la ventana y los vi salir del edificio. Roberto caminaba rápido, mirando su teléfono, y Lucía trotaba detrás de él, intentando seguirle el paso. Se subieron a su auto, un modelo reciente que compraron hace tres meses, porque el viejo ya no tenía estilo.

Suspiré y me di la vuelta. Caminé hacia el centro de la sala y me paré allí, sintiendo el espacio.

“Vieja inútil”, repetí en voz baja, probando el sabor de las palabras. Sabían a ceniza, pero también a gasolina.

Fui a mi habitación y abrí el cajón de mi mesita de noche. Allí, debajo de mis rosarios y mis medicinas para la presión, estaba mi vieja libreta de contactos, la libreta de La Olla de Cobre. Pasé las páginas amarillentas con mis dedos arrugados pero firmes. Busqué en la letra M: Mercado Mario Mecánico, Mudanzas, Mudanzas El Toro.

Don Anselmo, el dueño, había sido cliente mío por 20 años, un hombre de palabra de esos que ya no quedan. Decía que mis guisos de carne le daban fuerza a sus muchachos para cargar pianos.

Marqué el número en mi celular. Mi pulso no temblaba. De hecho, me sentía más tranquila que en años.

“Bueno”, contestó una voz ronca al tercer timbrazo.

 

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