Le di mi asiento a una anciana en el autobús. Ella susurró: “Si tu marido te compra un collar, ponlo en agua primero”. Esa noche, aprendí que su regalo no era amor… era una sentencia de muerte.
—Por los nuevos comienzos —dijo Mauricio, levantando la copa.
Daniela rozó el vaso con los labios, sin beber.
—Por la honestidad —contestó.
Mauricio sonrió con una mueca extraña.
—Palabra grande.
Ella lo miró fijo.
—¿Cuándo cambiaste mi seguro de vida?
La sonrisa murió. Por fin. Mauricio dejó la copa en la mesa y se recargó hacia atrás.
—Así que de eso se trata.
—Falsificaste mi firma.
—Arreglé un trámite. Tú nunca pones atención a nada.
—¿Y el collar?
Hubo un silencio espeso, como si el aire estuviera decidiendo de qué lado caerse.
—No debiste revisar mi teléfono —dijo él al final.
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