Le di mi asiento a una anciana en el autobús. Ella susurró: “Si tu marido te compra un collar, ponlo en agua primero”. Esa noche, aprendí que su regalo no era amor… era una sentencia de muerte.
Ahí se le cayó la última máscara. Ya no era el esposo distraído ni el hombre cansado ni el infiel torpe. Era alguien mucho más simple y más espantoso: un hombre convencido de que todo lo que le estorbaba podía quitarse.
—¿Quién es R? —preguntó Daniela.
—Rocío.
El nombre le atravesó el pecho, pero ya ni siquiera dolió como celos. Dolió como desprecio.
—¿Tu amante?
—La única persona que sí me entendió.
Daniela sintió que 8 años de su vida se reorganizaban frente a sus ojos. No había sido una historia de amor echada a perder. Había sido, para él, una relación útil mientras sirviera. Su sueldo, su orden, su crédito, su paciencia, todo había sido cómodo. Hasta que dejó de serlo.
—Me ibas a matar por dinero —dijo ella.
ver continúa en la página siguiente