Le entregué mi chaqueta a una mujer que pasaba frío, y dos semanas después una caja de terciopelo puso mi mundo patas arriba.

La había visto antes. O tal vez había visto a alguien como ella. En una ciudad como la nuestra, esas historias se confunden si uno las deja.

Me ajusté la bufanda, rebusqué en los bolsillos y seguí caminando, preparando ya la cara de cortesía que ponía para estos momentos. Un asentimiento. Un dólar. Una sonrisa rápida y culpable.

Mis dedos tropezaron con pelusa. Un recibo. Un envoltorio de chicle.

Nada.

—¿Me das algo de cambio? —preguntó.

Su voz no era cortante. No era suplicante. Era un tono desgastado, como si no pidiera un milagro, sino que solo comprobara si la bondad aún existía en el mundo.

—Lo siento —dije, las palabras automáticas, desvaneciéndose ya mientras me dirigía hacia la puerta.

Pero no entré.

 

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