Le entregué mi chaqueta a una mujer que pasaba frío, y dos semanas después una caja de terciopelo puso mi mundo patas arriba.

Una moneda.

 

Oxidado, viejo y más pesado de lo que debería. Dejó una leve marca rojiza en mi piel.

—Quédatelo —dijo—. Sabrás cuándo usarlo.

Fruncí el ceño al mirarlo, dándole vueltas entre los dedos. No parecía valioso. Parecía algo que encontrarías debajo de un radiador viejo o en el fondo de un cajón.

—Creo que lo necesitas más que yo —dije.

Negó con la cabeza una vez, firme. —No. Ahora es tuyo.

Abrí la boca para discutir, para preguntarle qué quería decir, para insistir en que lo recuperara, pero las puertas de la oficina detrás de mí se abrieron de golpe con una ráfaga de aire cálido y una voz aún más fría.

—¿Eres…?

Leave a Comment