Parte 2 Un niño sin hogar se paraba todos….

—Quien tiene más, no debe usarlo para presumir, sino para compartir.

Isabella estudiaba en la escuela primaria privada Santa Catalina, donde las rejas de hierro siempre brillaban, el patio estaba impecablemente limpio y los niños llegaban en autos con chofer.

Pero cada mediodía, mientras los alumnos se sentaban bajo los árboles a comer sándwiches, fruta y jugo, Isabella veía a un niño al otro lado de la reja.

Era delgado, llevaba una camisa vieja y desteñida, tenía el cabello quemado por el sol y unos ojos que miraban hacia el patio con un hambre profunda.

El primer día, Isabella solo lo observó.

El segundo día, dejó media torta dentro de su lonchera.

El tercer día, se acercó a escondidas a la reja, pasó el pan entre los barrotes y susurró:

—Come. Que no te vea el guardia.

El niño la miró durante mucho tiempo, como si no pudiera creer que en este mundo alguien pudiera darle comida sin pedirle nada a cambio.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Isabella.

—Mateo —respondió él en voz baja—. Mateo Cruz.

Desde aquel día, Isabella compartió su almuerzo con Mateo todos los días.

A veces era media torta de jamón.
A veces, una concha dulce.
A veces, una cajita de leche.
A veces, unos trozos de fruta que su madre le preparaba.

Mateo no tenía padres a su lado. Dormía cerca del mercado San Juan de Dios y, de vez en cuando, ayudaba a cargar mercancía a cambio de unas cuantas monedas. Algunos días lo corrían. Otros, lo golpeaban porque sospechaban que había robado algo. Pero al mediodía, siempre volvía a pararse frente a la reja de la escuela Santa Catalina.

No solo por hambre.

Sino porque allí había alguien que todavía se acordaba de él.

Isabella no sabía que lo que hacía la metería en problemas.

Un día, el guardia la descubrió.

Un padre de familia la vio.

El rumor se extendió por toda la escuela: la señorita Montes estaba “haciéndose amiga de un niño de la calle”.

Sus compañeros se burlaron de ella.
La maestra llamó a su madre.
Su padre se enfureció porque pensó que su hija estaba avergonzando a la familia.

—Tú no entiendes, Isabella —dijo su padre con frialdad—. Los niños como él se aprovechan de la bondad de los demás.

Pero Isabella solo bajó la cabeza y respondió:

 

 

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