Parte 2 Un niño sin hogar se paraba todos….
Necesitaba cerrar una alianza que salvara el grupo.
Isabella lo sabía porque había escuchado a los abogados hablar en voz baja: si esa noche no aparecía capital fresco, en menos de seis meses tendrían que vender activos históricos.
La gala fue en el Hotel Imperial, la joya antigua de la familia. Candelabros restaurados, flores blancas, violinistas junto a la escalera principal. Todo perfecto por fuera.
Por dentro, miedo.
Isabella llevaba un vestido azul oscuro y la paciencia agotada. Saludaba sonriendo mientras veía a su padre fingir seguridad con una copa en la mano.
—Hoy llega alguien importante —le dijo él sin mirarla—. Compórtate profesional.
—Siempre lo hago.
—No me contradigas frente a él.
—Ni siquiera sé quién es.
Don Ricardo acomodó el saco.
—El fundador de Grupo Cruz Altamira.
Isabella frunció el ceño. El nombre le sonaba de todos lados: desarrollos inmobiliarios, tecnología hotelera, energía limpia, inversiones internacionales. Una empresa que en menos de diez años había explotado como pocas en México.
—¿El joven millonario de Monterrey? —preguntó un socio acercándose—. Dicen que vale más de novecientos cincuenta millones.
—Y creciendo —respondió su padre con una sonrisa ensayada.
Isabella apenas escuchó la cifra.
Cruz.
Sintió algo extraño, casi ridículo, subirle por el pecho.
No. Imposible.
A las nueve con diez, la entrada principal se abrió.
Primero entraron asistentes, luego seguridad discreta, después un hombre alto con traje gris oscuro, espalda recta y una calma rara, de esas que no necesitan demostrar nada. Tendría unos treinta y cinco. Moreno por el sol, mandíbula firme, mirada serena.
Toda la sala giró hacia él.
Don Ricardo avanzó con ambas manos extendidas.
—Señor Cruz, es un honor…
El hombre estrechó su mano apenas un segundo.
Luego miró alrededor.
Buscó entre cien rostros como quien lleva años sabiendo exactamente a quién viene a ver.
Sus ojos se detuvieron en Isabella.
Ella dejó de respirar.
Porque él sonrió igual que aquel niño hambriento al recibir media torta por primera vez.
Mateo caminó directo hacia ella.
La sala entera observó cómo el inversionista más codiciado de la noche ignoraba políticos, socios y fotógrafos para detenerse frente a la hija del dueño.
—Tardé un poco más de lo prometido —dijo en voz baja.
Isabella sintió temblar las manos.
—Mateo…
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Él sacó algo del bolsillo interno del saco.
Una pequeña pulsera de plata, gastada por los años.
La mitad que faltaba.
—Te dije que volvería cuando pudiera pararme frente a ti y ya no ser el niño hambriento de la reja.
A Isabella se le llenaron los ojos de lágrimas en medio del salón más elegante de la ciudad.
Nadie entendía nada.
Don Ricardo menos que nadie.
—¿Se conocen? —preguntó rígido.
Mateo volteó hacia él con educación impecable.
—Sí, señor Montes. Su hija me alimentó durante meses cuando yo no tenía casa, ni familia, ni razones para creer en nadie.
El silencio fue absoluto.
Los socios miraron a Ricardo. Los periodistas olieron historia. Isabella no podía apartar la vista.
Mateo continuó:
—Una pareja de Monterrey me adoptó poco después. Me dieron apellido, escuela y amor. Yo puse lo demás. Pero nunca olvidé quién me enseñó que la dignidad puede caber en media torta compartida entre barrotes.
Don Ricardo intentó recomponerse.
—Bueno… qué conmovedor. Si pasamos al tema de negocios…
—Claro —dijo Mateo.
Sacó una carpeta del asistente.
—Grupo Cruz Altamira comprará el sesenta por ciento de la deuda de Montes Holdings y refinanciará sus operaciones… con una condición.
Ricardo tensó la mandíbula.
—¿Cuál?
Mateo no miró a él.
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