Mi hija no es una sirvienta.
Iván se levantó lentamente, limpiándose la boca con una servilleta.
En esta casa, yo pongo las reglas. Y si has venido a meterle ideas en la cabeza,
mejor vuelve por donde viniste.
Mariana bajó la cabeza. Aquella imagen le dolió más a Rosa que cualquier insulto. No era vergüenza… era costumbre. Una mujer aprendiendo a minimizarse para sobrevivir.
Rosa sacó el teléfono del bolsillo. Iván rió sarcásticamente.
¿A quién vas a llamar?
Marcó un número que había guardado años atrás y dijo con voz firme:
«Quiero que vengas ahora mismo a casa de mi hija… y que traigas testigos».
Iván dejó de reír.
Doña Leticia apretó los labios.
Mariana, con las manos temblorosas por el agua fría, rompió a llorar en silencio.
Nadie podría haber predicho lo que sucedería después en aquella casa…
No habían pasado ni diez minutos cuando llamaron a la puerta con fuerza.
El ambiente en la casa se heló.
Iván miró la puerta, luego a Rosa, y preguntó bruscamente: «¿Quién es?».
Ella respondió con calma: «Abre… y verás».
Caminó pesadamente y abrió la puerta, encontrándose con dos hombres y una mujer afuera. Uno de ellos sostenía una carpeta, mientras el otro miraba a su alrededor con atención.
«Buenas noches», dijo uno de ellos. «Hemos venido por un informe».
La expresión de Iván cambió. ¿Un informe? ¿Qué informe?
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