Me contrataron para fingir que era la nieta de un veterano ciego y solitario todos los domingos. Yo pensé que solo era un trabajo… hasta que, después de su muerte, su abogado abrió una carpeta y dijo: “Él dejó una última instrucción sobre ti.”

PARTE 2: Don Ernesto no habló durante varios segundos. El bastón temblaba ligeramente bajo su mano, pero su voz salió firme.
—Pregunté qué dijeron de mi casa.
Ignacio, su hijo menor, carraspeó.
—Nada, papá. Estábamos hablando de trámites.
—No me trates como inválido —respondió don Ernesto—. Soy ciego, no imbécil.
Valeria quiso desaparecer. Se sentía culpable, sucia, parte de una mentira que acababa de reventar frente a todos.
Cecilia se acercó a su padre.
—Papá, por favor, no te alteres.
—¿También ella lo sabía? —preguntó don Ernesto, señalando hacia donde estaba Valeria.
Nadie contestó.
Valeria abrió la boca, pero no pudo decir nada. La garganta se le cerró.
Ignacio soltó una risa seca.

ver continúa en la página siguiente

Leave a Comment