Me contrataron para fingir que era la nieta de un veterano ciego y solitario todos los domingos. Yo pensé que solo era un trabajo… hasta que, después de su muerte, su abogado abrió una carpeta y dijo: “Él dejó una última instrucción sobre ti.”
No cobró.
Llevó conchas de vainilla y un suéter que Rosa había tejido para él. Cuando don Ernesto abrió la puerta, no dijo “mi niña” de inmediato. Solo extendió los brazos.
Valeria lo abrazó como se abraza a alguien que ya se perdió una vez.
Desde entonces, las visitas fueron distintas. Sin contrato. Sin actuación. Sin Cecilia esperando afuera con sobres de dinero.
Valeria le contaba todo. Don Ernesto escuchaba. A veces la regañaba como abuelo. A veces se reía hasta toser. A veces le pedía que leyera cartas viejas de Mercedes.
Pero su salud empezó a caer rápido.
Primero dejó de caminar al patio.
Luego dejó de bajar las escaleras.
Después llegaron las ambulancias.
Un jueves por la noche, Cecilia llamó a Valeria. —Está preguntando por ti.
Valeria corrió al hospital.
Don Ernesto estaba en una cama, con la piel más delgada y la voz casi apagada. Cuando ella tomó su mano, él sonrió. —Ya llegó mi nieta.
Valeria lloró sin poder evitarlo. —Aquí estoy, abuelito.