Cocinaba.
Limpiaba.
Cuidaba a los nietos.
Sin descanso.
Sin sueldo.
Sin un “gracias”.
Durante años pensé que era normal.
Que así era la vida.
Que una madre… y luego abuela… simplemente da.
Siempre da.
El día que entendí todo
Ese día…
mi nuera dejó los platos en la mesa.
—Luego los lavas —me dijo sin mirarme.
Mi hijo…
ni siquiera levantó la vista del teléfono.
Y mi nieto…
me llamó:
—¡Abuela, ven! Quiero jugo.
Me quedé de pie en la cocina.
Con las manos mojadas.