Salí a “comprar” y desaparecí para siempre. A mis 69 años dejé de ser su sirvienta.

Mi hijo.

Mi nuera.

No respondí.

Hasta que llegó un mensaje:

—¿Dónde estás? Los niños te extrañan. La casa es un desastre.

Sonreí.

No preguntaron por mí.

Preguntaron por lo que hacía por ellos.

 Mi respuesta

Finalmente respondí:

“Estoy bien.

Por primera vez en muchos años.

No soy su sirvienta.

Soy su madre.

Y ahora…

voy a empezar a vivir mi vida.”

Epílogo

Hoy tengo 69 años.

 

 

 

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