Salí a “comprar” y desaparecí para siempre. A mis 69 años dejé de ser su sirvienta.

Luego otro.

Llegué a una pequeña ciudad costera.

Alquilé una habitación.

Pequeña.

Sencilla.

Pero mía.

La nueva vida

Por primera vez en años…

me desperté sin alarmas.

Sin gritos.

Sin órdenes.

Tomé café caliente.

Mirando el mar.

Y lloré.

No de tristeza.

De alivio.

El pasado vuelve

Dos días después…

mi teléfono no dejaba de sonar.

 

 

 

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