Sebastián Alcázar.
Su exmarido.
Perfectamente vestido con un traje azul marino a la medida, el cabello peinado con precisión, el reloj brillante, la sonrisa impecable y los ojos muertos. El mismo hombre que había destruido su autoestima durante tres años antes de convertir su crueldad en algo más físico, más visible, más imposible de negar.
—Sebastián… —susurró, sin poder evitar que la voz le temblara—. Tienes una orden de restricción.
Él soltó una risita baja.
—¿De verdad crees que un papel firmado por un juez de cuarta vale más que mi apellido?
Dio un paso hacia ella.
A simple vista parecían una pareja elegante discutiendo en voz baja. Ese era uno de los talentos de Sebastián: esconder la violencia detrás de la buena educación.
Elena miró alrededor. Había gente por todas partes con bolsas de diseñador y vasos de café. Una mujer con suéter de cashmere cruzó los ojos con ella por un segundo, pero Sebastián se movió con habilidad y le puso una mano en la espalda, como si la abrazara con ternura.
Solo Elena sintió la presión exacta de sus dedos sobre el mismo punto doloroso que él conocía tan bien.
—No vas a gritar —murmuró él, inclinándose hacia su oído—. Odias llamar la atención. Siempre fuiste un ratoncito patético. Y ya me aburrí de jugar a las escondidas.
—Suéltame —logró decir ella.
Él la empujó hacia atrás con sutileza feroz hasta estrellarla contra el vidrio frío del escaparate.
Elena sintió un golpe de pánico abrirse dentro del pecho.
No podía estar pasando otra vez. No allí. No a plena luz del día. No rodeada de gente que, aun así, no veía nada.
—Te vas a venir conmigo —dijo Sebastián—. Mi chofer está en el estacionamiento. Vas a regresar al penthouse, vas a dejar de hacerte la independiente y vas a aprender que de mí no se sale.
Su mano bajó a su muñeca izquierda y la apretó con tal fuerza que Elena soltó el vaso. El café se derramó sobre el mármol inmaculado.
Ella jadeó del dolor.
—Camina —ordenó él.
Dos pisos arriba, apoyado junto al barandal de cristal del piso superior, Emiliano Montemayor había dejado de escuchar a su socio desde hacía ya varios segundos.
El hombre que estaba a su lado seguía hablándole de un conflicto en los puertos de Veracruz, de un embarque retenido y de una reunión pendiente con dos diputados. Emiliano no respondió. Sus ojos oscuros se habían fijado abajo, en la escena frente a la vitrina.
Vio el café caer.
Vio la mano del hombre en la muñeca de la mujer.
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