La sujetó frente a todos en el lugar más exclusivo… como si nadie pudiera detenerlo.

Vio algo que reconoció de inmediato: el modo en que ella encogía los hombros, no por sumisión, sino por memoria. Por costumbre del dolor.

Y aquello le tocó una herida vieja.

Emiliano era uno de esos nombres que no aparecían en los periódicos, pero que se susurraban en voz baja en los pasillos del poder. Tenía constructoras, terminales de carga, medios de comunicación, favores políticos y enemigos enterrados en silencio. La ciudad lo conocía sin nombrarlo. Un hombre de negocios para las cámaras. Un rey oscuro para los que sabían mirar más hondo.

—¿Quiere que me encargue, jefe? —preguntó Leo, su mano derecha.

Emiliano negó sin apartar la vista.

—No.

Se quedó inmóvil un segundo.

Luego empezó a quitarse los anillos.

Primero el de platino del pulgar.

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