La sujetó frente a todos en el lugar más exclusivo… como si nadie pudiera detenerlo.
Vio algo que reconoció de inmediato: el modo en que ella encogía los hombros, no por sumisión, sino por memoria. Por costumbre del dolor.
Y aquello le tocó una herida vieja.
Emiliano era uno de esos nombres que no aparecían en los periódicos, pero que se susurraban en voz baja en los pasillos del poder. Tenía constructoras, terminales de carga, medios de comunicación, favores políticos y enemigos enterrados en silencio. La ciudad lo conocía sin nombrarlo. Un hombre de negocios para las cámaras. Un rey oscuro para los que sabían mirar más hondo.
—¿Quiere que me encargue, jefe? —preguntó Leo, su mano derecha.
Emiliano negó sin apartar la vista.
—No.
Se quedó inmóvil un segundo.
Luego empezó a quitarse los anillos.
Primero el de platino del pulgar.
Después el sello familiar.
Luego la pieza de obsidiana negra.
Se quitó también el reloj y se lo entregó a Leo.
—Un hombre que entra a una pelea con joyas es un hombre que no planea terminarla bien —dijo con voz tranquila.
Bajó por las escaleras sin prisa.
Y el pasillo pareció abrirse a su paso.
Abajo, Sebastián ya estaba jalando a Elena hacia el elevador cuando una voz profunda, serena y pesada cayó sobre el aire como una puerta de acero.
—Suéltala.
Parte 2 …

Sebastián se detuvo y se giró, irritado.
Elena alzó la vista entre lágrimas contenidas.
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