La sujetó frente a todos en el lugar más exclusivo… como si nadie pudiera detenerlo.
Y lo vio.
Alto. De traje negro. Impecable. Quieto de una forma extraña, casi peligrosa. No gritaba. No amenazaba. Pero llevaba la violencia controlada de quien no necesita demostrar nada.
—¿Y tú quién demonios eres? —escupió Sebastián.
Emiliano no respondió de inmediato. Miró primero la mano de Sebastián cerrada sobre la muñeca de Elena. Luego sus ojos.
—Te di una instrucción simple.
Sebastián soltó una carcajada incrédula.
—Esta es una conversación privada. Lárgate.
—Exesposa —corrigió Emiliano, sin emoción—. Y no parece una conversación.
—¿Tienes idea de quién soy? Soy Sebastián Alcázar. Si me tocas, te hundo.
Emiliano dio un solo paso.
—No me impresiona tu apellido.
—Es mi mujer —gruñó Sebastián, jalando a Elena con más fuerza.
Ella soltó un gemido ahogado.
Y eso fue todo.
Sebastián no vio moverse a Emiliano. Solo sintió una mano enorme cerrarse sobre su garganta y, en un instante, sus pies despegaron del suelo.
Elena tropezó hacia atrás, libre al fin, y se sostuvo del vidrio con el corazón golpeándole las costillas.
Sebastián se retorció en el aire, pateando, desesperado, con el rostro volviéndose rojo oscuro mientras las manos de Emiliano no temblaban ni un milímetro.
Emiliano acercó su rostro al suyo.
—Escúchame bien —murmuró con una calma helada—. Si vuelves a tocarla, no voy a usar mis manos la próxima vez. Voy a hacer que te saquen de esta ciudad tan despacio que vas a rogar por no despertar.
Lo soltó con un movimiento seco.
Sebastián salió disparado hacia atrás y se estrelló contra el directorio del centro comercial. Cayó al piso tosiendo, sin orgullo, sin aire, sin elegancia.
Emiliano ni siquiera volvió a mirarlo.
Su expresión cambió por completo cuando giró hacia Elena.
La brutalidad se apagó. No desapareció, pero quedó guardada en algún rincón profundo.
—¿Estás herida?
La voz que salió de él ahora era otra: grave, protectora, extrañamente cuidadosa.
Elena apenas podía respirar.
—Yo… no… —balbuceó, apretándose la muñeca—. ¿Quién es usted?
Emiliano hizo una media sonrisa mínima.
—Alguien a quien no le gustan los abusivos.
Luego miró el café regado en el piso.
—Y alguien que cree que mereces un café nuevo.
Elena aceptó sentarse con él en una cafetería discreta del mismo centro comercial porque las piernas no le respondían y porque, por absurda que pareciera la idea, junto a aquel hombre peligroso se sentía más segura que junto a casi cualquier otra persona.
Emiliano no la presionó.
La dejó temblar. La dejó respirar. Le acercó una taza de té de manzanilla y esperó.
Leo se quedó a unos metros, vigilando discretamente.
—Te va a destruir —dijo Elena al fin, mirando el humo del té—. No está fanfarroneando. Su familia tiene media ciudad metida en contratos. Puede hundir el despacho donde trabajo si quiere.
Emiliano apoyó los codos sobre la mesa.
—Los hombres como Sebastián hacen mucho ruido porque nacieron creyendo que el dinero de sus padres los vuelve dioses. En esta ciudad, eso funciona… hasta que se topan con alguien que no les vende miedo.
Elena lo observó con cautela.
—¿Quién es usted en realidad?
—Un empresario —dijo él con una calma tan elegante como falsa—. Y en este momento, mi negocio eres tú llegando viva a casa.
La dejó en su edificio aquella tarde en un sedán blindado. No subió. No la tocó. Solo le dijo, antes de que entrara:
—El lunes no vas a ir sola a trabajar.
Elena pensó que hablaba por cortesía.
Hasta que llegó el lunes.
Arturo Benavides, socio principal del despacho, la llamó a la sala de juntas con el rostro cenizo. Cuando Elena entró, sintió que el mundo volvía a inclinarse bajo sus pies.
Sebastián estaba sentado en la cabecera de la mesa con dos abogados a los lados.
Sonreía.
—Buenos días, Elena —dijo con una dulzura venenosa—. Vine a darte una oportunidad. Sterling Desarrollos va a retirar tres contratos millonarios si tú sigues empleada aquí. Arturo lo entiende. Espero que tú también.
Arturo no podía ni verla a los ojos.
—Lo siento mucho…
Elena sintió la humillación subirle como ácido por la garganta.
—Eres un monstruo —le dijo a Sebastián.
Él sonrió más.
—Soy un hombre de negocios.
En ese instante, las puertas de cristal se abrieron.
Una voz profunda cortó la habitación.
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