Mi hijo murió hace dos años. Anoche, a las 3:07 a. m., me llamó y susurró: “Mamá… ábreme. Tengo frío.”

Yo la tomé del brazo, jadeando.

—Elías me llamó. Dijo… dijo que está en la puerta. Que tiene frío.

Valentina frunció el ceño.

—Otra vez tuvo una pesadilla. Vuelva a la cama, mamá.

Y entonces el timbre de la puerta sonó. Largo. Insistente.

Valentina se quedó rígida.

—No… —murmuró—. No puede ser.

Bajó las escaleras corriendo. Yo fui detrás. Pegó el ojo a la mirilla.

Y gritó con todas sus fuerzas.

—¡No regreses! ¡Vete! ¡Él volvió… volvió para vengarse!

 

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