Mi hijo murió hace dos años. Anoche, a las 3:07 a. m., me llamó y susurró: “Mamá… ábreme. Tengo frío.”

Me lancé a abrazarlo. Lloré como no lloré ni en el funeral. Le toqué la cara, los brazos, la piel caliente: carne, no fantasma.

—¿Dónde has estado? ¿Por qué… por qué me hiciste esto? —le reclamé entre sollozos.

Elías cerró los ojos, como si tragara piedras.

—Perdóname. Yo… yo no podía volver antes.

Me sentó. Bajó la voz.

—Mamá, necesito que me contestes algo. ¿Qué te dijo Valentina de la noche que “morí”?

Le conté lo que ella me repitió durante dos años: fiesta en un yate, alcohol, “se aventó”, “lo vi hundirse”, “no pude salvarlo”. Cada frase me quemaba.

Elías apretó los puños.

Leave a Comment