Mi hijo murió hace dos años. Anoche, a las 3:07 a. m., me llamó y susurró: “Mamá… ábreme. Tengo frío.”
Me lancé a abrazarlo. Lloré como no lloré ni en el funeral. Le toqué la cara, los brazos, la piel caliente: carne, no fantasma.
—¿Dónde has estado? ¿Por qué… por qué me hiciste esto? —le reclamé entre sollozos.
Elías cerró los ojos, como si tragara piedras.
—Perdóname. Yo… yo no podía volver antes.
Me sentó. Bajó la voz.
—Mamá, necesito que me contestes algo. ¿Qué te dijo Valentina de la noche que “morí”?
Le conté lo que ella me repitió durante dos años: fiesta en un yate, alcohol, “se aventó”, “lo vi hundirse”, “no pude salvarlo”. Cada frase me quemaba.
Elías apretó los puños.
—Todo fue mentira. —Tragó saliva—. Esa noche la escuché hablando por teléfono. Decía… decía que la póliza del seguro… que tú… que un infarto repentino… que nadie sospecharía.
Sentí que el mundo se me inclinaba.
—¿Matarme?
—Sí. —Su voz tembló de rabia—. La enfrenté. Confesó que debía dinero, que la amenazaban. Y cuando le dije que me iba a divorciar y que te iba a proteger… se volvió loca. Me empujó por la barandilla.
Me tapé la boca. El café se volvió distante, como si la vida estuviera detrás de un vidrio.
—¿Cómo… sobreviviste?
Elías respiró hondo.
—Las olas me arrastraron a unas rocas. Me golpeé la cabeza. Perdí la memoria. Una pareja de pescadores, don Mauro y doña Isabela, me encontró. Viví con ellos dos años. Trabajé. Pesqué. Era otro. Hasta que un día vi pasar un yate… y todo regresó. Me acordé de tu cara. Y supe que tenía que volver.
Me miró fijo.
—Mamá, Valentina sigue intentando matarte. No le digas nada. Necesitamos pruebas.
Sacó un frasquito de vidrio.
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